¿CUÁLES SON NUESTRAS OPCIONES SI NO QUEREMOS MORIR ASFIXIADOS?

La visión apocalíptica del fin del mundo

!Vamos a morir! gritaba emocionado y sonriendo un niño de 5 años mientras aplaudía con su familia a los abnegados sanitarios por su entrega en la lucha contra el coronavirus. Al instante, su madre le corrige en un intento de razonarle, por qué ellos aplaudían. Le explicaba que no festejaban la muerte liberadora de nuestros agobios emocionales, en un cuerpo atrapado por la pandemia. Muy al contrario, lo hacían para reconocer la impagable labor de los sanitarios, que

mediante la aplicación de medidas efectivas ocupan un papel muy relevante.

Estoy plenamente convencido de que no es el fin del mundo.

Me parece oportuno evocar aquí, la provocativa charla en TED TALK de Bill Gates, en la que destacaba cómo la población mundial, educada a temer un desastre nuclear, debería estar preparada, tras la experiencia acumulada con las infecciones, para reconocer a las pandemias, como amenaza. Con fuerte actitud crítica destacaba la falta de perspectiva, al no invertir seriamente en la prevención de las pandemias. La aparición del Covid-19 en todos los países, se ha mostrado como evidencia de la intuición apocalíptica de este visionario. La escasez de las herramientas del diagnóstico como son los test rápidos o los que identifican la presencia de anticuerpos 

contra el virus demostrando la respuesta inmune. Las de tratamiento como  los soportes de ventilación mecánica  invasiva y no invasiva, las camas de UCI y las hospitalarias, la escasez de la medicación,  demuestra la imprevisión que nos afecta globalmente. Con lenguaje bélico la tropa (médicos, enfermeras/ros-auxiliares, farmacéuticos/cas, asistentes sociales entre otros) no son suficientes. Espantados vemos que además “ los sanitarios” son diezmados por la infección por falta de material sanitario de protección adecuada.

La población en riesgo, en medio de la espantosa organización, no ha tenido un programa coherente para realizar con ellos las medidas básicas de identificación de su riesgo, así como el de su entorno. No les hemos ofrecido con carácter prioritario nuestra ayuda para prevenir la infección y proveerles un tratamiento rápido y eficaz.

El remedio es peor que la enfermedad

El 24 de marzo, escucho un debate en la CNN, que es uno de los capítulos de esta apasionada

serie, sobre la pandemia, entre dos autoridades en esta materia. Me refiero a los doctores John Loannidis del departamento de epidemiologia de Stanford y Marc Lipsitch del mismo departamento en la Universidad Harvard. El Dr. Loannnidis advertía, de la falta de credibilidad científica, sobre los datos de mortalidad y de contagio de la población, que han sido publicados en relación con el Covid-19. Defendía con lenguaje académico, que no se han realizado en las diferentes latitudes, donde el virus campa 

por su anchas, lo que se denomina un estudio de campo. Este consiste en que se escoge una población al azar que sea una muestra representativa y se estudia la presencia del virus con los test diagnósticos. Ello permite una vez analizado, hacer una estimación mucho más real y creíble que la que tenemos en el momento actual.

 

La situación real es caótica ya que tenemos partes de guerra. Es decir estimamos la incidencia por los pacientes que presentan síntomas sospechosos con un porcentaje muy alto a los que no se realiza el test diagnostico. Nuestro país no es la excepción, ya que no tenemos disponibles los test diagnósticos suficientes ni siquiera para los pacientes con alta sospecha de padecer la enfermedad. “Quédese en casa es probable que padezca el coronavirus y no requiere el test diagnostico” es la respuesta más frecuente. La mortalidad que documentamos relacionada con la pandemia tiene los mismo defectos de precisión. Se asume que se muere por coronavirus en un porcentaje muy significativo.

 

Lo sorprendente en palabras del epidemiólogo de Stanford es su convicción, de que sobrestimamos los contagios y las muertes ligadas al coronavirus. Su percepción es que en el peor de los escenarios, nos hallaríamos como en la pandemia de gripe del 1918 en la que murieron 40 millones de seres humanos, y tras ello la vida continuó. Concluía así, que mientras no tengamos datos creíbles, no deberíamos realizar los importantes sacrificios económicos que el programa de intervención conlleva para abordar el control de la infección.

 

Acuñaba de esta manera el conocido refrán “que el remedio es en este caso peor que la enfermedad”. Sugería sin inhibición ni reparo alguno, dejar que la epidemia siguiera su curso, sin medidas drásticas de salud, ya que la acción agresiva, derivada de la confinación amenaza con un problema de mayores dimensiones a largo plazo. Se refería como es lógico al tsunami económico que sobreviene de la paralización de la economía.

 

Su compañero de Harvard disentía con lenguaje corporal. Argumentaba que los datos de China e Italia eran muy agobiantes y le impedía admitir la tesis de su compañero de Stanford. La mortalidad de este brote independiente o no de la precisión de los datos, si son o no todos debidos al coronavirus, no permiten una comparación con los datos epidemiológicos registrados para la gripe común. Con pasión defendió que no puede estar encima de la mesa prevenir el coma de la economía, dejando que la pandemia se propague con estos índices de mortalidad.

Existe pues un camino consensuado que se ofrece a la población general y es la confinación cuando los modelos predictivos se disparan. La realización de los test diagnósticos que permitan precisar el escenario de salud pública es otro de los consensos alcanzados. Aislar y testar a los más vulnerable parece también la medida mas comprensible.

Desde mi posición como medico que practica la medicina diariamente, tiene carácter prioritario la necesidad de identificar a los portadores para poder tomar medidas eficaces a tiempo y como he mencionado de forma anticipada instaurar tempranamente la intervención. Para realizar una confinación eficaz necesitamos saber de forma personalizada qué medidas tomar y como tratar la enfermedad en sus primeros estadios.

La población en riesgo por su edad, que se considera la más vulnerable requiere más que ninguna la oferta de los test diagnósticos para ellos y para su entorno. La experiencia de las residencias de ancianos es algo lamentable que requiere acción inmediata.

Morir asfixiado

Al igual que he discutido que no debería estar encima de la mesa el planteamiento económico por encima del valor de la vida de los seres humanos, creo firmemente que estamos ante una situación desde mi perspectiva muy similar. No defenderé nunca que se mueran los viejos. Los programas de triaje-evaluación que llevan a definir con quien es rentable invertir los recursos de salud, debe revisarse a la luz de esta molesta experiencia. Es razonable pensar que en pacientes de edad, atrapados en un cuerpo, en el que se manifiesta una enfermedad aguda o crónica, con pocas probabilidades de esperanza de vida inmediata, se planteen los cuidados

paliativos. Sin embargo sigo siendo ferviente defensor, de ofertar una medicina que tiene como objetivo conseguir de forma personalizada el que “cada año seamos más jóvenes”.

Los exitosos programas de salud para enlentecer la curva de envejecimiento que hemos realizado en nuestro país, tienen como recompensa,  un gran impacto para la economía de la salud y el bienestar del individuo. Esta ha sido y es, una ocasión única para derivar nuestros recursos para identificar, prevenir y tratar a lo que se ha venido en llamar población de riesgo. Negarles el soporte ventilatorio, ingreso hospitalario o en UCI si lo requiere, por la edad es 

simplemente una felonía intolerable que no se basa en argumentos científicos epidemiológicos creíbles. No soporto que se dude en ofertar a la población en riesgo, nuestro sistema sanitario que aplaudimos, porque roba recursos al resto de la nación. Al contrario con el logro de nuestra longeva esperanza de vida, es necesario definir un escenario más seguro a nuestros mayores.

Los test han generado por la falta de musculo de los gobiernos en esta materia, una situación lamentable con la aparición de un mercadeo incontrolado con la salud. La indefensión de los ciudadanos que son martilleados con noticias que no se llevan a cabo y la fiabilidad de estos test que esta encima de la mesa, ha dado lugar a una ansiedad anticiapativa colectiva para abordar cómo convivir con el virus.

 

La propuesta

 

Hay una muerte antes de expirar y una vida que va mas allá de la propia existencia

Créanme, estamos ante un escenario que no tiene una lectura confusa mas que en la manipulación o la ignorancia. Se requiere acción. "Vivir es crear", por lo que Proponemos:

1. Los test son necesarios para toda la población con el objetivo de prevenir-tratar la enfermedad. La tecnología ya ofrece auto-test casero como el diseñado en China con fiabilidad cuestionable.  Actualmente en estudio por la FDA en USA, un autotest de uso domiciliario de minutos de duración para obtener la respuesta  de positividad o si ya pasado la infección,  si permanece inmunizado. Es mandatorio que se lleve a cabo el estudio randomizado aleatorio en las diferentes comunidades que nos permitirá hacer el diagnostico de precisión epidemiológica en nuestro país.

2. La salida de la confinación requiere mediante los test diagnósticos, conocer quién puede o no reincorporarse al trabajo.  Para liberar el aislamiento procuraremos documentar que los valores de contagiados y mortalidad estén no solo en caída persistente, sino que adquieran valores francamente bajos.

3. No es admisible que en estos momentos de incertidumbre y con el mensaje de que es lo mejor para todos, se inmovilice en farmacias los fármacos, probados con cierto éxito en el estudio observacional “Wuhan Study” en China.

4. El 15% de los casos infectados requieren cuidados médicos y esta es la preocupación a nivel global de todos los sistemas de salud. La necesidad de sanitarios y las armas con las que luchar (mascarillas, gafas, guantes, material para antisepsia) se requieren más que nunca.

5. Proveer de oxigeno, respiradores, camas hospitalarias convencionales,  de UCI, los medicamentos y los test diagnósticos, son parte de esta lista ya consensuada que debe estar disponible sin demora.

6. Comparto con nuestro ministro de sanidad que vamos a ganar esta batalla todos juntos. Un cambio de paradigma está emergiendo, con el devenir de esta pandemia. Me refiero al  papel de liderazgo, ahora en manos de los poderes públicos, transferido a la ciudadanía. Empoderar, con información fiable, es rentable, ya que fomenta actitudes responsables, que permite alcanzar  de esta forma el sueño de ser uno su propio líder.

7. Se invita a pacientes, que se diagnostican con algoritmos telefónicos, a permanecer en su domicilio sin medicación y sujeto a la auto observación. He creído siempre en la “hospitalización domiciliaria” como un valioso complemento de la asistencia sanitaria. Esta es una oportunidad única de darle el impulso que requiere, tanto público como privado.

8.  El virus ha venido para quedarse y lamentablemente va a durar. Tenemos pues que adaptarnos a una diferente normalidad con las restricciones de nuestra libertad.

9.  Mientras generamos la inmunidad de grupo vigilada, se atisba  en el horizonte las  vacunas que se están testando (disponibles en los albores del 2021).

10. Animo a revelarnos contra una Europa, que se conduce en muchas ocasiones como una “banda borracha” que permite aflorar de nuevo el odio mutuo de los pueblos europeos.

 

 

 

 

Prof. A. Fernandez-Cruz

Presidente Fundación Fernández-Cruz

Académico de Número RANME

Catedrático-Jefe Servicio Emérito Comunidad de Madrid UCM

10 Marzo 2020

Grupo Fernández-Cruz

C/ José Abascal 36

Tel 915912939

Email secretaria@grupofc.es

© 2017 por Grupo Fernández-Cruz